10.07.2014

87: el aftertaste


Al final de Cuenta conmigo, la película de Rob Reiner estrenada en 1986 y basada en una novela corta de Stephen King, el protagonista dice algo como esto: Nunca más volví a tener amigos como los que tenía a los doce años, ¿quién los tiene? La respuesta es: nadie. Aunque nuestros amigos sean los mismos que fueron a la escuela con nosotros, aunque no hayamos perdido contacto con ellos y aunque los veamos con frecuencia, evidentemente somos otras personas y nuestros amigos son otras personas y el mundo es, obvio, un lugar distinto.

Ochentaisiete, la película escrita y dirigida por Anahí Hoeneisen y Daniel Andrade, me llevó hacia un lugar parecido al pasado, un sitio que aún me hace reír pero también me duele su poco y que siempre estará ahí, aquí, en algún lugar dentro de mí, vaya donde vaya. Los personajes de Ochentaisiete no son tan ingenuos ni tan románticos como los de Cuenta conmigo, que al fin y al cabo son prácticamente unos niños, pero, en su momento, se quieren y creen con toda firmeza que lo único que tienen en esta vida es el otro.

Y, también en su momento, se salvan.

Con el tiempo, Cuenta conmigo se ha convertido en una suerte de film canónico y definitivo sobre la pérdida de la inocencia y el final de la infancia. Es más, si alguien está trabajando en una historia que envuelve niños o adolescentes, la gente suele sugerirle que vea, además de las obligatorias Los 400 golpes, El señor de las moscas y, según yo, Y tu mamá también, esa cinta acaso fantasiosa y un poco sobregirada de afecto llamada Cuenta conmigo. Pero se entiende. En la película de Reiner hay un punto aparte que a la vuelta de los años, para cuando los personajes logran darse cuenta, se ha convertido en un punto final. En Ochentaisiete, en cambio, hay un aterrizaje forzoso, una serie de puntos suspensivos y suspendidos en el aire que seguirán ahí, colgando, quién sabe hasta cuándo.

Los adolescentes de Ochentaisiete, para empezar, son gente de ciudad y no de pueblo como los de Cuenta conmigo, o sea que tienen más calle, más audacia, y su cuota de emociones está más ligada a las consecuencias de sus actos que a las secreciones de sus aventuras. Son, además, latinoamericanos, así que llegaron al mundo con el pecado original bajo el brazo: tarde o temprano, las cosas se van a ir a la mierda. Son, también, gente dañada; aunque quizás sea más preciso decir que son gente con ganas de dañarse. En todo caso, no sólo se han dañado por su cuenta. Sin ser marginales ni, digamos, inmediatamente perjudicados por el clima social de la ciudad en la que viven, vienen de hogares rotos o fragmentados de alguna manera (han sido abusados por los secretos de sus padres o cuando menos ignorados hasta ese punto en el que te das cuenta de que es mejor aprender a cuidarte solo y cuanto antes). Vienen de situaciones que no pueden controlar y al parecer buscan meterse en situaciones en las que puedan perder el control.  Lo hacen porque creen que mientras estén juntos nada malo podrá pasarles.

¿No hemos pensado todos lo mismo alguna vez? ¿Quizás a los doce?

Lo que pasa, lo que pasó, lo que acabó por separarlos, es lo mismo que termina uniéndolos años más tarde. Pero entre los sobrevivientes de un accidente hay harto más que memorias: hay cosas que no se han dicho y que no se dirán, pensamientos recurrentes que nunca llegarán a ser palabras y que, cansados de pedir atención, con el tiempo se irán acomodando en una parte del cuerpo donde no molesten o molesten sólo de vez en cuando. El silencio es la distancia. Lo sabemos. Sabemos que si no dijimos lo que teníamos que decir cuando teníamos que decirlo cualquier otro momento, incluso si este momento llegara exactamente un segundo después de la colisión, será ya demasiado tarde. Sí, quizás uno logre desahogarse. Sí, quizás uno logre sacarse un gran peso de encima y andar por ahí más ligero, sacudiendo los hombros con soltura. Sí, los asuntos pendientes, las conversaciones pendientes, los abrazos y los besos pendientes nunca nos dejarán en paz y es mejor sacarlos, aunque sea por la fuerza: esto es perdiendo en el camino cualquier rastro de dignidad que hayamos pensado tener y querido conservar. Pero no, eso no nos dará paz. Pero no, eso no hará que las cosas vuelvan a ser como eran antes. Pero no, eso no nos devolverá a nuestros amigos muertos.

Nos volveremos a ver, pero entre nosotros habrá un espacio y será ese espacio el que impedirá que estemos cerca porque ese espacio, al contrario de lo que podría pensarse, no está vacío sino repleto de cosas. Nos volveremos a hablar, diremos cualquier cosa para no dejar que la conversación muera, diremos tonterías relacionadas al clima, diremos cualquier cosa y mientras estemos diciendo cualquier cosa pensaremos que en realidad no tenemos nada que decirnos. Nos perdonaremos, haremos como si nada hubiese pasado, pero también como si nada más nos fuera a pasar porque si algo hemos aprendido del pasado es que es mejor guardar las distancias. Miraremos la vida del otro con cariño y con envidia y estaremos felices por todo lo que el otro ha conseguido y lo odiaremos por todo lo que ha conseguido y recogeremos nuestras pocas pertenencias y diremos esto es todo lo que tengo, esto es todo lo que soy. Nos volveremos a reír, pero esas risas no serán las mismas y muchas veces serán empujadas por el compromiso, la buena educación o la simple cortesía social. Volveremos a decir tú eres mi mejor amigo aunque ya no sea verdad: tú eras el mejor amigo de la persona que yo solía ser, pero ellos, aquella persona que solía ser y su mejor amigo, ahora viven lejos y hablan otro idioma.   

De Ochentaisiete me queda esa sensación, una especie de presagio o flashback tridimensional o, mejor dicho, la certeza de haber estado allí. ¿Me pasará a mí? ¿Me está pasando? ¿Ya me pasó? Tal vez sí, y no me di cuenta. Tal vez quise sanar una herida después de haberla tenido abierta pero escondida durante años, tal vez ya hablé con quien tenía que hablar para curarme, tal vez ya dije lo que tenía que haber dicho hace tanto, y tal vez, sólo tal vez, ya me quedó claro que hay cosas y personas que no podré recuperar porque, simplemente, ya no existen. El amigo que tuviste a los doce años hoy es un tipo distinto con una vida distinta y un destino que no tiene nada que ver con el tuyo. De todas maneras, sabes que puedes contar con él. De todas maneras, sabes que cuando necesites un amigo lo más probable es que no lo llames. Pero es así como tiene que ser: cada uno, cada uno. Lo demás es suerte. Lo demás es lo que buenamente puedas hacer por ti mismo. Lo demás es lo que vas recogiendo en el camino y guardando en tu mochila. Ese equipaje que llevas para todas partes, esa es tu vida y la gente que recordarás cuando mires hacia atrás o hacia delante o hacia los lados y descubras que después de todo no estás tan solo. La gente que se fue pero que nunca se irá.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravilloso, todo lo que has escrito en los últimos dos meses ha sido cautivador.
Me da mucho placer leer tu trabajo, siempre me alegra el día, espero que sigas publicando frecuentemente.
Diana Elisa

Juan Fernando Andrade dijo...

Gracias!
Un abrazo!

natalia herrera dijo...

super