11.16.2015

Lo intentaremos


Cerca de Baktia, una villa de 300 habitantes en el corazón de Siberia, un reno cruza el lago Yenisey, cuyas aguas se descongelan sólo durante los meses del verano. Un cazador y su perro se acercan en una canoa estrecha. El cazador no tiene interés en la presa, de la que apenas y alcanza a ver los cuernos todavía secos, pero el perro no puede dominar su instinto: se acerca al borde de la canoa y se lanza al agua. El perro no tiene ninguna oportunidad de alcanzar al reno, que es más grande y más veloz, pero debe intentarlo.  

Lynn tiene 28 años y dice que no sabe lo que es el amor porque ha tenido varias novias pero jamás se ha enamorado. Ahora sale con una chica rubia y de ojos azules llamada Rachael. Lynn está preocupada porque hace unas semanas descubrió que Rachael sigue muy de cerca los pasos de su ex en Instagram, le da likes a todas sus fotos y, lo peor, imita sus movimientos: si su ex va a una exposición en un museo, Rachael invita a Lynn a la misma exposición, y así. Por mucho menos se divorcia gente todos los días. Pero Lynn lo intentará.

El 24 de marzo del 2012, más de 30.000 personas se reunieron frente al monumento a Lincoln, en Washington DC, en la primera Cruzada por la razón organizada en Norteamérica: el propósito del evento era invitar a todos los ateos de Estados Unidos a salir del clóset. Desde entonces, el teórico evolutivo británico Richard Dawkins y el doctor en física teórica estadounidense Lawrence M. Krauss, ambos mayores de 60 años, van por el mundo dando charlas y predicando palabras santas: la ciencia busca la verdad, la religión la secuestra. Ellos lo seguirán intentando.     

Cuando se conocieron, ninguno de los dos pensó que las cosas pasarían tan rápido, que en cuestión de meses estarían viviendo juntos y cuidando de un hijo. Tampoco pensaron en la segunda. Tampoco pensaron en la tercera. Ahora, cinco años después van a tener un cuarto hijo. Están asustados. Mareados, quizás. Noqueados, incluso. Pero están. Siguen. Esto no estaba en los planes pero ambos saben que la realidad se encarga de corregir nuestros planes. Que al final no somos lo que quisimos ser sino lo que terminamos siendo. Ellos lo intentan.

Robert Altman dirigió casi 40 películas y sólo Dios sabe cuántos capítulos de series de televisión a lo largo y ancho de sus 81 años de vida. Ganó dos veces la Palma de Oro de Cannes como mejor director y recibió un Oscar honorario por su trayectoria meses antes de morir. Fue un cineasta extremista, tan brillante como opaco, pero tiene al menos diez grandes cintas que llevan su nombre entre los créditos. Cada vez que una de sus cintas convencía tanto al público como a la crítica, Altman respondía con otra completamente distinta. Esa era su forma de intentarlo.

En Brooklyn, Nueva York, a tres cuadras de Prospect Park, un personaje le cuenta su historia a un tipo que aún cree que puede ser escritor o por lo menos escribir. La historia es sencilla: un hombre que se ha enamorado sólo dos veces en la vida, en ambos casos a primera vista, teme que el amor, todo el amor que le iba a pasar, ya le haya pasado. El personaje sabe que el problema no es, al contrario de lo que asume el pensamiento general colectivo, no ser querido: el problema es no poder querer, no saber amar. Todos los días, el tipo que aún cree que puede ser escritor se sienta a escucharlo y a organizar una especie de biografía que es mucho más larga de lo que jamás pudo haber imaginado. Como un Behind the Music pero, en este caso, Behind the Love. A veces, el tipo que aún cree que puede ser escritor sale por las noches, se emborracha en algún bar de Saint Mark’s Place y se pierde durante varios días. El personaje lo espera. El personaje lo perdona. Lo intentaremos. 

(SoHo)