6.03.2009

Caminar despierto


Hay días en los que no quieres saber nada de nada ni de nadie. No quieres prender la tele y ver las noticias. No quieres abrir la laptop y chequear tus mails. No quieres contestar el teléfono, ni el celular, ni la puerta. No quieres abrir los ojos ni mucho peor abrir las cortinas. No quieres abrir la boca porque resulta más que suficiente hablar hacia dentro, en off (también, por un momento, piensas que justamente esas cosas que estás acumulando en tu interior son las que te alejan del exterior) Y te quedas en la cama con el edredón cubriéndote entero hasta que empiezas a sudar dentro del capullo.


Las fuerzas apenas te alcanzan para dar los pasos necesarios para llegar al baño y darte una ducha. Piensas, crees, esperas, que el agua te despierte, te mueva, te sacuda. Necesitas más energía y ya no sabes de dónde sacarlas. Entonces dices qué chucha, yo de aquí no me muevo. Y te quedas en casa y de pronto todo tiene sentido y te das cuenta de que el placer es posible. Decides tener un día al margen y eso hay que celebrarlo. Sales de la ducha y te pones cualquier cosa cómoda. Caminas con soltura hasta esos libros que han estado allí desde hace meses. Escoges uno al que le tienes harta curiosidad y, para qué negarlo, un poco de hambre. El libro se llama Sleepwalk y es de Adrian Tomine. Son cuentos graficados, escenas divididas en viñetas pintadas a blanco y negro. No es un comic de superhéroes ni mucho menos, es más bien lo que habría hecho Raymond Carver con la ayuda de un dibujante. Los cuentos de Tomine son en su mayoría cortos y minimalistas. Hay mucha voz en off y pocos diálogos. Hay más letras que acciones. Basta con detenerse un momento en el cuadro y, tras haber leído esa frase que te dio duro porque la sentiste venir de adentro, detenerte en los trazos, en los detalles, en la atmosfera que construyen entre el silencio, el libro y tu. De repente, cortas al espacio exterior. Estamos en una galaxia muy, muy lejana. La cámara empieza a moverse entre las estrellas, los planetas, los asteroides y un par supernovas que ojalá estuvieran llenas de champaña. La cámara toma la velocidad de la luz y todo son líneas y profundidad y se detiene en el sistema solar que reconoces. La cámara sigue hacia dentro, encuentra el planeta tierra, encuentra el continente americano, encuentra Ecuador, encuentra Quito, encuentra tu calle, tu edificio, tu apartamento, tu cama y, finalmente, te encuentra a ti. Y te ves. Estás tranqui, relax. Estás en paz porque escogiste darte un día para ti y en ese mismo día encontraste los cuentos de Tomine y ahora tienes un nuevo amigo.


Estás feliz. Hace tiempo que no leías un libro de un tirón. Este no solo te lo comiste de un bocado sino que además repetiste de inmediato. Llegaste a la última página, volviste a ese cuento sobre un hijo de padres que están a punto de divorciarse y quisiste poder decirle al chico que todo bien, loco, que aunque parezca, esto no es el fin del mundo. Por un momento te detienes a pensar cómo un libro donde casi nadie acaba bien puede traer y traerte tanta dicha. Nada que hacer, te gustan las malas noticias. Aunque, ¿sabes qué?, ni tanto, la verdad. Mal que mal, en las historias de Tomine la gente sobrevive, sigue adelante aunque el camino no prometa mucho. De hecho, la única promesa verdadera es el camino, el resto, lo que falta. Se acabaron los cuentos. Se acaba el día. Se acaba este tú que te cayó tan bien porque no se dejó afectar por la normalidad de los otros. Sabes que lo volverás a ver, pero no sabes cuándo y así está bien. El final es abierto.



www.adrian-tomine.com

2 comentarios:

La china fuera de la CAJA dijo...

He llegado buscando a Loriga y doy sorprendentemente con Ecuador y con este blog de Cultura B donde hay alguien que escribe porque quiere quedarse a 'su'margen y me resulta gracioso que yo en España, en Madrid, en mi dimensión del espacio (donde tengo vecinos ecuatorianos detestables) deba aceptar el hecho de alguien desde Quito escriba tan bien como para andarme la próxima vez con más cuidado a la hora de juzgar a los ecuatorianos... (no así a mis vecinos, que siguen siendo detestables)
Saludos
Lien

Juan Fernando Andrade dijo...

Lien,

gracias x parar acá. quisera poder decir q lo detestable d tus vecinos no tiene nada q ver con su nacionalidad, pero no puedo asegurar nada.

saludes