8.16.2010

CASH, by Johnny Cash


Johnny Cash tomaba anfetaminas todos los días, a toda hora, a cada rato. Luego tomaba barbitúricos para calmar el temblor que le producían las anfetaminas. No comía. No dormía. Vivía en un paréntesis y los boomerangs de lado y lado ya habían hecho sangrar el cuello. En algún momento, tal vez en el cuarto de un Motel para junkies o en la banca hedionda de un parque marchito, tomó una decisión: iría a la cueva Nickajack, cerca del río Tennessee, y dejaría que Dios hiciera el resto. Estaba convencido, su vida era la verdadera cueva y mejor quedarse ahí, quieto en la oscuridad, morir de hambre, seco y podrido. No sabe cuántos días pasó ahí dentro pero al darse cuenta de que seguía respirando asumió que aún no era el momento de irse. El hombre de negro empezó a gatear su camino de regreso y al salir de Nickajack lo esperaban su madre y June Carter, el amor de su vida. Era octubre de 1967. Johnny Cash pudo haber muerto ese día, pero no, volvió. Un año después grabó el invencible At Folsom Prison y más tarde, cuando supo que tenía algo para contar, se puso a escribir.

Man in Black, su primera autobiografía, se publicó en los ochenta. En 1997, para celebrar sus cuarenta años on the road, volvió a los escenarios de la memoria con un segundo volumen titulado simplemente CASH, al parecer, aún tenía esqueletos en el estuche de su guitarra. El Cash de entonces era otro, acababa de conocer al productor Rick Rubin (un grande que ha trabajado con todo el mundo, desde AC/DC hasta Weezer, pasando por Run-D.M.C y Dr. Dre) y estaba revisitando lo clásico y lo moderno de la canción americana con bastante éxito, cantando y viajando. Los capítulos de CASH empiezan con una locación. A J.R., como le dicen sus amigos de la infancia, le gusta contar que está escribiendo en el bus en el que tourea, desde su casa en Cinnamon Hill (Jamaica) o en el escritorio de algún hotel europeo. Empieza como quien no quiere la cosa, describiendo el paisaje que lo rodea, contando las bicicletas en la calle o las nueves en el cielo. De pronto, tiene un recuerdo, un link, y nos vamos al pasado. El verdadero libro empieza allí, en sus primeros días de niño pobre recogiendo algodón, en la muerte de su hermano mayor (los que vieron Walk The Line tienen una idea de lo mucho que este accidente afectó la vida del pequeño Jhonny, pues bien, quienes lean CASH están a punto de descubrir niveles insospechados de intensidad), en su relación dañada y nunca entera con su padre, en su escuchar música para llegar al cielo, en su fallido primer matrimonio, en su amistad con Elvis, Roy Orbison, Bob Dylan y The Highwaymen (la banda que tuvo con Willie Nelson, Waylon Jennings y Kris Kristoffeson), en el amor irracional e inspirado que sintió por June Carter, en ver para atrás cuando ya no queda mucho horizonte que digamos y darse cuenta que, después de todo, no lo hizo tan mal, está vivo y tiene una historia, ¿no es eso lo que buscan todos los hombres? Una historia que, además, se puede contar.

Los editores aman las memorias porque se venden como lo que son, chismes. Por eso, el control de calidad no es siempre riguroso sino más bien permisivo y blando. CASH fue escrito con la ayuda de Patrick Carr, amigo de la familia y emblema del periodismo country. Y sí, tiene momentos que sobran y hasta rasgos de senilidad (¿era necesario enumerar a sus hijos y sus nietos?), pero por sobre todo tiene la mirada firme de un hombre que puede verse al espejo, que se acepta, que ya pasó por lo peor y está caminando su línea de regreso.


The rhythms of life on the road are so predictable, so familiar. I’ve been out here forty years now, and if you want to know what’s really changed in all that time, I’ll tell you. Back in 1957, there was no Extra Crispy. Other than that, it’s the same.

When I was through, she said, “Don’t ever take voice lessons again. Don’t let me or anyone else change the way you sing.” Then she sent me home.

I took the easy way, and to an extent I regret that. Still, though, the way we did it was honest. We played it and sang it the way we felt it, and there’s a lot to be said for that.

…I really wanted to wear my hear as Jefferson wore his, in a ponytail tied off with a black ribbon. “I’ll see if I can talk June into letting me grow enough hair to do that,” I said. Roy Orbison thought that was a grand idea. “Tell you what,” he said. “I’ll do it if you do it”… Wesley didn’t want to see his father dead and wouldn’t approach the casket, but I did. I walked up and leaned over to get a good last look at my old buddy. When I saw him I couldn’t help myself; I started laughing. That son of a gun had done it! There, sticking out from under his head, was a neat little ponytail, and it was tied with a black ribbon.

I first laid eyes on June Carter when I was eighteen, on a Dyess High School senior class trip to the Grand Ole Opry. I’d liked what I heard of her on the radio, and I really liked what I saw of her from the balcony at the Ryman Auditorium… She was great. She was gorgeous. She was a star… The next time I saw her was six years later, again at the Opry but this time backstage, because by then I was a performer too. I walked over to her and came right out with it: “You and I are going to get married someday.”

I just went on and on. I was taking amphetamines by the handful, literally, and barbiturates by the handful too, not to sleep but just to stop the shaking from the amphetamines. I was canceling shows and recording dates, and when I did manage to show up, I couldn’t sing because my throat was too dried out from the pills. My weight was down to 155 pounds on a six-foot, one-and-a-half-inch frame. I was in and out of jails, hospitals, car wrecks. I was I walking vision of death, and that’s exactly how I felt. I was scraping the filthy bottom of the barrel of life.

I knew what to do. I’d go into Nickajack Cave, on the Tennessee River just north of Chattanooga, and let God take me from this earth and put me wherever He puts people like me.

No answer came, but and urging did: I had to move. So I did. I started crawling in whatever direction suggested itself, feeling ahead with my hands to guard against plunging over some precipice, just moving slowly and calmly, crablike. I have no idea how long it took, but at a certain point I felt a breath of wind on my back and knew that wherever the breeze was blowing from, that was the way out. I followed it until I began to see light, and finally I saw the opening of the Nickajack Cave.


With my TV show ending, I took stock of my situation and considered my options. On the strength of the body of work I already had, I thought, I could tour forever, and I just might do that.





4 comentarios:

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

Cash con el tiempo será el equivalente a Moises en la musica country.

Juan Fernando Andrade dijo...

E,

... y no sólo en la música country.

saludes

Anónimo dijo...

estimado productor de cultura B:

Con mucho respeto, pienso que ud a perdido la frescura de sus articulos de años pasados... y además a caido en un pecado tipico: idolatria a su propio ego, con el tema de los pescados... es como promocionarse todos los dias.. . talvez esté equivocado, pero al menos yo prefiero una persona humilde que no se promocione cada vez que tiene chance.

Anónimo dijo...

Johnny tiene toda una vida de razones para ser Man in Black...muy buena la reseña.
Como Cash mismo lo dijo: Ill always be around, siempre estara con nosotros para despertar el alma de quien tome so voz como himno.
Att: Subterranean Homesick Blues