7.08.2013

Taxi Driver


Entre mi casa y el nuevo aeropuerto de Quito hay cuando menos una hora de viaje. Es sábado, son más de las tres de la tarde y debo tomar un vuelo que sale antes de las cinco. El servicio de transporte que reservé hace más de veinticuatro horas lleva veinte minutos de retraso y cada vez que hablo con el encargado por teléfono me dice que la van está a la vuelta de la esquina, pero la van aparece recién después de la tercera o cuarta llamada, cuando son casi las cuatro de la tarde.

El chofer es un guayaquileño radicado desde hace varias décadas en la capital, que gracias al cielo conserva intacto su acento costeño. Cada dos minutos, cuando el velocímetro supera los 90 km/h, suena una alarma, un pitido que se repite un par de veces como diciendo “después no digan que no les avisé”. El chofer no le hace caso y aunque lo lógico sería pedirle que baje la velocidad me reconforta saber que él, consciente de que llegó tarde –por culpa del dueño de la compañía según dice– se está jugando la vida para que yo no pierda mi vuelo.

Acelera frena embraga mete cambio gira el volante y maniobra la van Huyndai como si se tratara de un Porsche, encajándola en el breve espacio que el resto de vehículos se permite mantener entre placa y placa. Para distraer mi mente de lo que parece una muerte segura, empiezo a interrogarlo. Repasar su vida, encontrar la secuencia y el significado de su existencia, creo, lo convencerá de preservar su futuro, y el mío.  

Justo cuando logra rebasar tres autos de corrido y esquivar un tráiler a tiempo para volver a su carril, me cuenta que aceptó este trabajo para bajarle un poco el ritmo a su vida. Hace unos años trabajaba administrando Night Clubs y pasaba toda la madrugada despierto, tragos y cigarrillos mediante, cuidando a las chicas y peleándose con borrachos indeseables. De vez en cuando, incluso, viajaba a Colombia para realizar castings y renovar el repertorio, pero eso estaba acabando con su hogar. Después de su temporada de chongos, el chofer se ocupó como guardaespaldas de artistas internacionales, y eso también era un problema: mientras los músicos disfrutaban de las chicas que él les conseguía, y la promotora del concierto se acostaba con el cantante de turno, el chofer permanecía atento y frustrado. Por eso decidió alejarse del mundo del espectáculo y convertirse en taxista. Al principio, me dice, estaba todo bien con su mujer pero no tan bien con su bolsillo, hasta que descubrió un secreto: además de pasajeros, nuestro héroe transportaba vicios y perversiones a domicilio. Sus mejores clientes eran una pareja de actores que además de recorridos le pedían esclavos sexuales y gramos de cocaína. A ella, me dice, le gustaban los negros grandes y aventajados; a él, en cambio, le gustaban los trans, hombres grandes disfrazados de mujeres grandes y doblemente dotados. Trato de imaginar la orgía, los actores jalados mirándose entre ahogos, besándose mientras los penetran con fuerza.

Ahora todo lo que quiero es pasar más tiempo con mi mujer, me dice el chofer a las cuatro y media de la tarde, cuando llegamos al aeropuerto. Me despido con un largo cuestionario enrollado bajo la lengua. Él debe regresar volando a Quito para recoger al siguiente pasajero, traerlo y luego alcanzar a su esposa en un bautizo del cual tuvo que salirse para ganarse estas carreras. Así avanza hacia su vida más tranquila, a toda velocidad.  

En el mostrador, una empleada de la aerolínea me dice que perdí el vuelo y otra, de mayor rango, me permite subir al avión segundos después: queda claro que hacen lo que les da la gana.

(SoHo)