7.23.2018

Culpable, Oh Sí - Miénteme Como Ahora



Dicen que lo único que no se puede cambiar es el paso del tiempo, pero Luis Miguel lo hizo, o por lo menos aceleró y potenció la velocidad de las cosas, la rebelión del pensamiento y la intensidad de las emociones. Hace solo una semana que se transmitió el último –por ahora– capítulo de su bio-serie y es tanto lo que se ha dicho, comentado, escrito y compartido en estos días que resulta imposible creer que se haya producido en tan corto plazo. Por eso lo único que me queda es dar mi versión de los hechos. Aquí va.

Durante más de tres meses casi todas mis conversaciones empezaron con la misma pregunta: ¿estás viendo la serie de Luis Miguel? A mí no me pasó lo que al resto. Mi vida en redes sociales es prácticamente inexistente y no pude compartir el fenómeno con las cientos de miles de personas que reaccionaron a la serie desde el principio. Fui encontrando mis cómplices de uno en uno y al comienzo fue duro, luego de un par de entusiastas hallaba solamente gente escéptica, separatista o que se hacía la desentendida.  

En mi mundo, poblado en gran parte por seres que consumen música y libros y películas y series, hablar de Luis Miguel era hablar de lo prohibido, del vicio inconfesable en cualquier intimidad. Hasta yo comencé con reparos, vi el primer capítulo sin grandes esperanzas, por morbo, y quedé enganchado como cuando a uno lo flechan el amor o las drogas: das un paso y cuando regresas a mirar ya es demasiado tarde. De repente mis días eran todos iguales y la única forma de saber que había pasado una semana era ver el siguiente episodio apenas aparecía colgado en Netflix.  

La infancia truncada pero también superdotada de un niño explotado, engañado, usado; la adolescencia asustada pero también excitada de un joven para el que las cosas sólo funcionaban bajo las luces del escenario; los primeros años de un adulto desamparado que nunca podrá crecer del todo ni tener una vida plena porque le faltan piezas: todo ese horror, parecido al que menciona el Coronel Kurtz en Apocalipsis Ahora, humanizaron y aterrizaron a la figura de Luis Miguel hasta ponerla a la altura de nuestros ojos para poder llorar y cantar todos juntos.

Y el padre. Wow. Ovación de pie. Es muy cierto eso de que una historia es tan buena como su malo y uno de los argumentos que usé para convencer a gente de que se animara a ver la serie fue el siguiente: Luisito Rey tiene la talla de Darth Vader. Es más, yo diría que es peor, porque al menos Vader encuentra su redención en los últimos suspiros eléctricos de su existencia, mientras que Rey agoniza y muere en una ebullición fría que corona su maldad. El actor español Óscar Jaenada, que se echa la serie al hombro acaso sin quererlo, me recordó al Daniel Day-Lewis de Petróleo Sangriento, siempre por encima del guión, de la cámara y de sí mismo, sobregirado, histérico, desatado entre la sobre-actuación y el ridículo y aún así capaz de sembrar en nosotros, en ti y en mí, un miedo verdadero.         

Y la madre. Wow. La mayoría de gente tendría que escribir una biblia para decir lo que esa mujer, la actriz italiana Anna Favella, articula con una mirada. La mujer de su vida, sin duda. El gran amor de los que la conocimos en pantalla. Tú, la incondicional, la que no esperaba más que tener una vida medianamente normal con su familia y que en el camino, entre la violencia y el abuso y la humillación, perdió todo. Otro personaje jugado que caminó firme al borde del melodrama y supo lo mismo iluminarnos con su risa que cubrirnos con su llanto.   

Y, dicho esto, lo más importante o sorprendente me pasó frente a la pantalla, en la vida real. Una amiga me contó que cuando era niña tenía un álbum de fotos de Luis Miguel, fotos que recortaba de revistas o periódicos o de donde fuera, que en la fecha del cumpleaños del cantante se reunía con otras amigas para cantarle y soplarle las velitas, y que ahora veía la serie cuando sus hijos estaban dormidos, acompañada por varias copas de vino. Un amigo que jura que sólo ve series europeas y que se negaba a ver ésta, empezó a averiguar por iniciativa propia los detalles de la “historia real” en videos de YouTube, vio decenas o cientos, y terminó tan intrigado que se puso al día con la serie en una jornada maratónica. Una amiga me dijo que sus ex-compañeras de colegio están usando camisetas con la leyenda Odio a Luisito Rey y que están planeando un viaje a México para ver a Mickey en vivo. Una colega mexicana me dijo que Luis Miguel sabe dónde está su madre pero que sería mezquino revelarlo después de treinta años y en una serie; además, existe la teoría de que nunca lo ha hecho porque así, abandonado, resulta más atractivo para su público. En un matrimonio, cuando pusieron Si no supiste amar, alguien se puso a gritar ¡Gracias a Dios por Netflix hijueputa! Después de horas de negociación y tragos mediante, una amiga a la que al final convencí de ver la serie me convenció a su vez de tener una velada con Luis Miguel: escuchamos los grandes éxitos, los duetos y después entramos en la madrugada con el disco Romance entero, porque sí, en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Y en otra madrugada, después de una fiesta embalada y rockera, terminé con un grupo de amigos en un restaurante de La Zona, cantando Luis Miguel mientras esperábamos que nos trajeran la comida, y la gente que estaba en las otras mesas empezó a cantar con nosotros.      

La música, todo hay que decirlo, fue lo que más me costó. Crecí odiando a Luis Miguel con odio jarocho y por una razón muy sencilla: yo era baterista de una banda que tocaba grunge noventero, Nirvana, Pearl Jam, esa onda, pero a nuestros conciertos sólo iban cuatro panas mientras que a los de otras bandas (menos talentosas, obvio) que tocaban Cuando calienta el sol o Será que no me amas iba todo el mundo, y con esto quiero decir todas las chicas que nos gustaban y con las que queríamos estar. Luis Miguel, hasta hace poco, fue mi enemigo musical y pensaba que nada, ni siquiera lo que pasara en la serie, podría cambiar eso, pero en aquel capítulo glorioso en el que termina grabando Miénteme con el corazón roto y lleno de whisky mis principios se trastocaron. Y aquí, una vez perdido todo rastro de dignidad, una confesión más: pensé que lo más divertido de escribir esto sería hacerlo mientras escuchaba las canciones de la serie, pero tuve que parar porque me ponía a cantar y no lograba escribir una sola palabra.   

Como canta José José: esa noche entre tus brazos caí en la trampa. La serie me atrapó y poco o más bien nada me importa qué sea verdad o qué sea mentira. Yo prefiero esta vida de Luis Miguel aunque sea inventada porque todo lo que me hizo sentir fue legítimo. La creación necesita licencias para ser libre y nosotros necesitamos que esa libertad nos ampare. El gran show ha funcionado, Luis Miguel es relevante otra vez, sus canciones se reproducen por millones y sus últimos conciertos se llenan sea donde sea. El Sol de México ha vuelto a la vida y eso es más de lo que puedo decir de mucha gente.

(El Comercio)

7.09.2018

Van Gogh en movimiento


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Loving Vincent, la película que cuenta los últimos días del pintor holandés Vincent Van Gogh, fue atacada por la crítica norteamericana desde el principio, desde su estreno a finales del 2017: dijeron que era un espectáculo, sí, pero que la historia no lograba sostenerse; dijeron que podía hacer realidad el sueño de ver a las obras de arte cobrar vida propia, sí, pero que la trama era vacía; dijeron que era un caramelo para los ojos, sí, pero que, como todos los caramelos, alto en calorías y bajo en contenido nutricional. Fue como una campaña montada en su contra. Quizá por eso nadie terminó de sorprenderse cuando, a comienzos del 2018, perdió el Óscar en la categoría de Mejor Película Animada frente a Coco, la gran cinta –todo hay que decirlo– con la que compitieron los estudios Disney-Pixar. De ahí en adelante el destino de Loving Vincent se ha vuelto incierto: empezó deslumbrando al público en varios festivales de cine alrededor del mundo, pero tras perder la estatuilla se extravió en el camino y ahora vaga en busca de cariño. El mío, al menos, se lo ganó.

La vi ya después de cualquier polémica o discordia, tranquilo, en casa y a solas, como creo que se debe ver una película así. Fue como abrir la puerta hacia un túnel para luego caminarlo y sentir cómo los colores se movían sobre mi cabeza y debajo de mis pies, una experiencia psicodélica y alucinógena, una especie de caída en un pozo sin fondo cuyas paredes reflejan apariciones brillantes y melancólicas. (Hasta me pregunté, varias veces, cómo sería verla con un aditivo reventando en la cabeza y chorreando por el torrente sanguíneo) La trama parece salida de una novela negra, de detectives borrachos, y sucede casi toda en Auvers-sur-Oise, el pequeño pueblo en el norte de Francia al que se mudó Van Gogh para estar más cerca de los médicos que lo atendían, donde se metió un tiro en el cuerpo y  horas después escupió su último suspiro. Y aunque el misterio sea el mismo que ronda la historia del pintor desde hace más de un siglo y despierte las mismas preguntas, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿se mató o lo mataron?, Loving Vincent alcanza y propone sus propias conclusiones. 

Vincent Van Gogh murió a los 37 años dejando atrás miles de obras de arte, entre ellas más de 800 pinturas al óleo, y los diagnósticos que tratan de identificar la enfermedad que lo aquejaba, aquella que lo llevó a empujarse el disparo en las entrañas, siguen apareciendo hasta el día de hoy: se habla de epilepsia, desorden de personalidad límite, maniaco depresión o la enfermedad de Ménière (afectación del balance producida en el oído interno); y con más frecuencia de bipolaridad, conocida por algunos como “la enfermedad de los genios”, ya que se la relaciona con creadores como Miguel Ángel, Victoria Woolf y Tchaikovsky. La de Van Gogh, entonces, no es una historia fácil de contar, mucho menos si se evade, como en este caso, la tentación de encuadrarlo como otro genio-torturado-por-sus-propios-demonios. Aquí es donde Loving Vincent apuesta y gana, se la juega por los testimonios –reales o no, eso no importa– de varios personajes que conocieron al artista (muchos de ellos, además, protagonistas de sus pinturas), y arma un retrato hablado y complejo.   

El personaje principal es Armand Roulin, el hijo de un cartero parisino que busca a Theo, el hermano de Vincent, para entregarle la última carta que escribió el pintor, y que en el camino va descubriendo los detalles siempre contradictorios que cercaron su muerte: como en un thriller bucólico, los testimonios se contradicen y las muchas versiones de la verdad se chocan. Así es como se expande el mito, como nosotros nos vemos involucrados en el medio del drama y como los cuadros siguen persiguiéndose uno tras otro en un desfile sobrecogedor: fueron 125 artistas los que animaron esta película y pintaron al óleo más de 65.000 imágenes partiendo de las obras más conocidas de Van Gogh, en un proceso que contempló diez años de principio a fin. Y vaya que valió la pena, porque todo lo que se alcanza a ver impresiona y se percibe como una galería acaso infinita y en movimiento constante: aquí se logra eso de que el verdadero arte nunca se detiene. Parecería que Loving Vincent, en vez de buscar la captura de un momento, anhela las circunstancias que produjeron ese momento y en ese anhelo consigue atrapar el espíritu de las cosas.  

Aunque empezó a pintar tarde, casi a los treinta años, sin ninguna instrucción formal y sin más reconocimiento que el de unos pocos buenos amigos, Van Gogh trabajaba obsesivamente en sus cuadros, como un obrero que cumple riguroso los horarios estrictos de una fábrica implacable. Su trabajo, que lo ocupaba desde las primeras horas de la mañana hasta los confines de la tarde, y que realmente consistía en ser quien quería ser, fue su obsesión y la verdad es que no pudo o no supo vivir mucho más allá del borde de sus lienzos. Su otro vicio, por así decirlo, era escribir correspondencia, cartas que más bien eran los capítulos sueltos de un gran diario autobiográfico en el que pegaba, a veces a la fuerza, los trozos de su vida, transformándolos también en parte de su obra. En Loving Vincent se escuchan, como narraciones en off, algunas líneas de estas cartas, y las más poderosas aparecen al final, cuando Van Gogh dice que todo lo que quiere un artista es mostrar lo que lleva en el corazón. Esta sentencia, romántica, valiente, imposible, revela las verdaderas intenciones de todos los que buscamos algún consuelo en el arte, de los que queremos arreglar la vida y componer el mundo con rasguños y gritos desesperados.

Loving Vincent nos acerca a un personaje, sí; nos acerca a una historia, sí; nos acerca y nos hace caminar por sobre la orilla movediza de la locura, sí, también; pero no es de eso de lo que se trata. Después de transitar la cinta, de doblar por sus esquinas y escondernos en las sombras de sus callejones, queda claro que algo nos pasó, que algo nos está pasando, y ese algo tiene que ver con lo que llevamos dentro y pocas veces nos atrevemos a mirar, con el resplandor que nos ilumina los huesos y nos mueve hacia adelante todos los días.

(Mundo Diners)

7.02.2018

Un regalo


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Dicen que nada pasa por casualidad. Hace unos días, cuando le pregunté por su hija pequeña, un amigo me respondió esto: a veces creo que nadie debería tener hijos y otras que todo el mundo debería tenerlos. Nos reímos y digamos que con su sabiduría de padre primerizo el asunto quedó zanjado: hasta que fui al cine a ver Tully. La tercera película en la que conspiran y triunfan Jason Reitman y la gran Diablo Cody, que de alguna manera continúa eso de hazte cargo de tu vida aunque parezca una cagada, vuelve al tema y salpica trozos enteros de miedo y esperanza por todas partes.   

Otra vez: nada es coincidencia. Diablo Cody escribió el guión después de haber tenido a su tercer hijo y la historia va sobre una madre que acaba de tener a su tercer hijo. La diferencia –clave– es que Cody debe vivir con más comodidades que Marlo, la protagonista, una mujer en sus cuarentas, de clase media, que ya tiene dos hijos pequeños (uno que quizás sea autista), un esposo tranqui pero que no se entera de nada ni se involucra, y que está harta de partirse en dos o en tres para hacer todo lo que tiene que hacer, lo que toca. En Marlo se siente ese mareo de la gente que no sabe cómo o a qué hora se convirtió en lo que es.

Cuando parece a punto de romperse, Marlo contrata a una niñera para que la ayude por las noches, y las cosas empiezan a cambiar: Tully, joven, bacán, todavía entera y de una buena onda que bordea entre lo místico y lo insoportable, le recuerda a una versión de sí misma que se perdió en el camino de la madurez o que tuvo que hacer a un lado cuando su vida dejo de pertenecerle sólo a ella. Y de ahí en adelante es como si Marlo tratara de aceptar el abandono que supone una vida que no esperaba ni mucho menos perseguía pero de la que tampoco quiere o puede salirse porque en esa vida, mal que mal, hay amor.  

En las conversaciones entre Marlo y Tully, que tienen algo/mucho de esquizofrenia, la madre habla con la niñera como tratando de decirle sálvate de lo que te va a pasar porque es imposible que no te pase, o mírame a mí, yo que pensaba que, o algún día te vas a despertar en otro cuerpo y vas a sentir que eres otra persona, una persona a la que no vas a poder reconocer y que capaz no te guste, pero así también se van asentando en Marlo los vínculos que la unen a su familia, esas cosas que la mantienen en pie y le permiten vivir no a través de otros sino por otros en una especie de alucinación terrenal encantada.    

Como me pasa en las cintas escritas por Diablo Cody, mi punto de quiebre llegó en medio de una secuencia de diálogos, de esas en las que cada línea trepa encima de la otra hasta reventar en alguna verdad que cuesta reconocer pero también causa orgullo reconocer porque, se sabe, uno no puede arrepentirse de ser valiente. Marlo y Tully están en la ciudad, han salido de casa a tomarse unos tragos y pasarla bien, pero llega ese momento en el que tienen que hablar y la niñera dice algo como esto: te convertiste en lo que eres, tu vida es aburrida, tu matrimonio es aburrido, vas a hacer las mismas cosas todos los días pero vas a criar a tus hijos en ese ambiente de seguridad y ese es tu regalo para ellos.

Las mismas cosas.
Todos los días.
Un regalo.

(El Diario Manabita)


6.19.2018

Desde Rusia con terror



Es raro escribir sobre Ícaro, la película que este año se llevó el Óscar al mejor documental,  justo ahora, justo hoy-jueves, mientras el mundo entero o buena parte de él tiene sus ojos puestos en Rusia, en la ceremonia de inauguración del mundial de fútbol en ese país y en el primer partido del campeonato, que los anfitriones van ganando por goleada. Es raro porque Ícaro es o más bien termina siendo la historia del sistema de dopaje que, durante largo tiempo y patrocinado por el mismo estado soviético, ha colaborado para que los atletas rusos de varias generaciones consigan medallas doradas en competencias olímpicas. Es la historia del engaño, de la trampa, de la astucia oscura, de cómo un país poderoso y agresivo ha logrado burlar todos los controles y ha pasado por encima de todas las autoridades deportivas del planeta: según las últimas investigaciones, publicadas apenas a finales del 2016, y abarcando todas las disciplinas posibles, serían más de 1.000 los deportistas envueltos en esta especie de conspiración que, aparte, no se sabe bien cuándo empezó.

La cinta arranca con una premisa más o menos simple, algo arriesgada y hasta divertida: Bryan Fogel, el director, que es además un ciclista aficionado, quiere reproducir la forma en la que Lance Armstrong se dopó durante años y años sin ser descubierto para ganar una competencia en Europa. Para esto, y en un principio sin más ambiciones que mostrar cómo se puede jugar con un medio que presume de su moral y transparencia, Fogel se inyecta todo tipo de cosas en el cuerpo y se contacta casi que por casualidad con el doctor Grigory Rodchenkov, figura clave del programa anti-doping de Rusia y autoridad absoluta en la salud deportiva de su país. Fogel fracasa rápidamente y sin que su papel tome ningún  protagonismo verdadero, pero eso importa poco, lo que realmente nos engancha y nos hace caminar detrás de la película es lo que Rodchenkov tiene que contar sobre la industria: cómo diseñó un método para que los competidores rusos pudieran usar sustancias prohibidas sin ser detectados; cómo logró que ese método se sostuviera en el tiempo, evolucionando más rápido que cualquier mecanismo de control; y cómo los gobiernos de su país han sido parte del plan, promoviéndolo y apoyándolo desde un principio.

La dinámica del documental, basada en la amistad que se tiende entre el cineasta y el científico, toma cuerpo a medida que Rodchenkov hace estas confesiones, cada vez más y más graves, y que parecen los detalles de la trama de una novela de espionaje: el agujero que se cava en Ícaro es mucho más profundo de lo que podríamos sospechar y esconde un complejo organismo de funcionamiento, relacionado a su vez con las esferas más altas del poder ruso, que en este preciso momento encuentran en Vladimir Putin a su ejecutor principal. En este sentido, el de las revelaciones, Rodchenkov es la plegaria atendida de cualquier contador de historias. Además de una personalidad tan encantadora como intensa, que lo convierte en ese tipo de personaje querible, afectivo y difícil de olvidar propio de Hollywood, posee una cantidad de información más que privilegiada y parece encontrarse en un momento de la vida en el que el impulso de contar lo que tiene que contar, aquello que lo ha martirizado durante quién sabe cuánto, es simplemente incontenible. A ratos es evidente que el director, Fogel, sólo tuvo que prender la cámara y guardar silencio.

Ahora bien, se nota a leguas que Ícaro no fue una película fríamente calculada ni mucho menos, es decir, que tomó por asalto y sorprendió sobre todo a quienes la hicieron: el trabajo visual es doméstico, básico, simplón, como si nadie hubiese estado esperando que pasara algo como lo que pasó, y a menudo se extrañan en la cinta las formas y los recursos de la ficción, que tanto podrían haber servido para hacerle justicia. (Es más, el principio, el primer acto, que se toma quizás media hora, se siente largo y extraviado y es difícil prestarle mucha atención sin desconcentrarse para pensar en cualquier otra cosa, más que nada en todo el resto de películas que se podría estar viendo) Queda claro que Fogel y su equipo no estaban listos para que Rodchenkov empezara a mostrar los trapos y los orines sucios de la Rusia de los últimos años, pero a juzgar por las reacciones de los más poderosos, y de los escándalos generados a partir de sus testimonios, nadie lo estaba, y claro, mucho menos nosotros, que al final quedamos noqueados no por la fuerza de la película sino por el peso de los chismes que se desprenden de ella.  

Ícaro cobra velocidad y ritmo y alcanza sus mejores momentos hacia el final, cuando Rodchenkov, después de haberse soltado frente a la cámara y resuelto a perseguir su propia y tardía redención, lleva su historia al New York Times y el periódico publica un extenso reportaje que enciende todas las alarmas. Entonces la cinta se vuelve una tragedia épica en la que este antihéroe solitario es aplastado por los martillos del poder: aunque demuestra que Rusia se ha valido de prácticas ilegales para conquistar cimas olímpicas, Rodchenkov debe acogerse a un programa de protección de testigos en Estados Unidos, o sea, debe desaparecer y evaporarse, y mientras las delegaciones de su país siguen compitiendo en distintos eventos deportivos, su familia en Moscú es investigada, perseguida y hostigada por las autoridades. Así, y tras la muerte de uno de sus colegas en circunstancias muy extrañas, el científico que decidió hablar es obligado a callar, las averiguaciones se congelan o se estrellan con muros políticos, y cientos de miles de personas se reúnen en  Rusia para vivir la fiesta del mundial.             

La película, que bien podríamos llamar un accidente con las mismas dosis de fortuna y fatalidad, se estrenó originalmente en enero del año pasado durante el festival de cine de Sundance, donde recibió un premio especial del jurado; luego, en el mismo festival pero en la sede de Londres, consiguió el premio que otorga el público. Sonó, se hizo ver, se hizo notar, y fue adquirida por Netflix, que la ha tenido entre sus contenidos desde hace ya varios meses y se la ha presentado a una audiencia mucho más numerosa de la que podría haber conseguido en salas de cine, sin contar con la gente que se interesó por ella después de que levantara el Óscar. Pero dicen que las cosas pasan por algo y quizá el momento para verla sea este: bajo los efectos de la fiebre que se desborda por los graderíos de los estadios rusos.   

(El Comercio)