7.20.2009

La cancha


Mi abuelo materno murió cuando yo tenía quince años. Nos conocimos bien y nos quisimos mucho. El hombre era de esos que querían con todo, sin restricciones ni condiciones. En rigor, mi abuelo conoció bien y quiso mucho a sus tres nietos. Me dan ganas de escribir que fui su nieto favorito pero no sería ni justo ni correcto. En todo caso, estoy seguro de que ambos teníamos, entre muchísimos otros, un vínculo que compartíamos en plena exclusividad: el fútbol.


Como cualquier niño con dos dedos de frente y actitud emprendedora yo quería ser futbolista profesional. Quería jugar en el Club Sport Emelec (la sangre azul fue un regalo de mi madre) y luego en la selección y, obvio, ganar la copa del mundo. Mi abuelo fue futbolista durante sus años de universidad y eso para mí lo convertía en un héroe, o, más bien, en un superhéroe. Al lado de sus horas en la cancha, poco importaban las extremas dificultades que tuvo que sortear durante su desfinanciada infancia, su doctorado en leyes, sus honrosas incursiones en la vida política del Ecuador y hasta perdía brillo el mayor de sus logros: haber logrado que la chica más linda de Bahía de Caráquez, casi veinte años menor, lo aceptara como esposo. Solo el fútbol importaba porque lo otro como que no existía.


Mi abuelo era barcelonista. Veíamos los clásicos del astillero juntos y a menos que el partido terminara empatado, el uno podía restregar la victoria de su equipo en la cara del otro con la debida prepotencia. Cero drama. Cosa de caballeros. Había, eso sí, un equipo que nos unía a veces más que nuestro compromiso sanguíneo: Liga Deportiva Universitaria de Portoviejo, alias “La Capira” (capiro, para quienes no dominan el dialecto ancestral llamado ManabO, significa del campo, montubio, cholo). Todos los fines de semana que Liga jugaba en casa, ya fuesen partidos de la A o de la B, mi abuelo y yo íbamos sin falta al Estadio Reales Tamarindos y nos la jugábamos en las gradas los noventa minutos enteros. Corríamos toda la cancha con los ojos y nos parábamos y nos abrazábamos para festejar los goles. Eran momentos en los que se vivía más y mejor. Sin importar cuán bien jugara Liga mi abuelo siempre decía “todavía no tenemos cuadro.” Aunque yo no tenía el valor de contradecirlo verbalmente, pensaba que su pesimismo era exagerado y que La Capira llegaría pronto a la gloria. Cosa que, evidentemente, todavía no sucede.


Dejé de jugar y de preocuparme por el fútbol cuando se atravesaron frente a mí dos cosas, dos eventos, que me marcaron para siempre: la adolescencia y la batería. De pronto, ser futbolista me parecía algo menor y hasta pedestre. Los noventas estaban comenzando y era claro que había que dedicarse en cuerpo y alma al grunge. Abandoné poco a poco la cancha y si bien jamás abandonaré a mi abuelo ciertamente lo vi menos. Luego enfermó y el proceso, afortunadamente, fue rápido y digno. Mi abuelo bebió muy poco en sus ochenta y tres años de vida pero una complicación relacionada al hígado lo acabó. Así es el fútbol, supongo. Cuando se fue supe que no volvería al Reales Tamarindos en mucho tiempo y hasta llegué a pensar que no volvería jamás. Hasta la semana pasada.

El sábado 18 de julio de 2009 volví a la cancha. Era un día especial porque tú estabas conmigo. La Capira enfrentó al Barcelona y lo superó con un trabajado 2 a 0 que me llenó de emoción. El arquero de Barcelona, hay que mencionarlo, es un duro. Compré una camiseta verde y blanco en la calle y la vestí orgulloso. Recordé mi infancia y mi transición existencial al Teen Spirit. Recordé, claro, a mi abuelo, que dicho sea de paso fue parte del primer directorio de Liga de Portoviejo (1969) y la persona más maravillosa que la faz de la tierra haya tenido el placer de sostener. Los primeros pasos fueron difíciles y creo que sentí escalofríos y quizá temblé un poco, no me consta. Entré al estadio, subí las gradas y de pronto la cancha estaba ahí, en plano general, en visión panorámica, inmensa y cubierta por la intriga. Y lo supe. Supe que había vuelto y que tal vez nunca me había ido. La gente clave, y algunas sensaciones, no desaparecen, van contigo.


10 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu abuelo, en donde esté, debe estar muy orgulloso de ti.

superlenny dijo...

debastador relato... fijo al The Best Of...

Anónimo dijo...

cultura B = fútbol.. ¿?

LadyV dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Santiago dijo...

No conocía esa faceta suya profesor.. Viva la pasion del fútbol!! como dicen por ahi: entre las cosas menos importantes, el futbol es la mas importante.

Juan Fernando Andrade dijo...

personal

un flashback, d esos q nunca faltan y, ojalá, nunca sobren.

no creo tener pasión x el fútbol. ya no. pero entiendo perfectamente lo q c siente y d lo q c trata.

apoyen a La Capira!


salud

Anónimo dijo...

chevere, ahora a ganarle a un verdadero equipo....hasta yo le ganaría a Barcelona

Anónimo dijo...

el ídolo de Manabi!!! La Capira!!!! pasión de pasiones!!!

checa esta crónica cuando la capira subió a la A este año...

http://cinefaidel.blogspot.com/2009/01/entre-cholos-y-montuviosun-da-que-la.html

Anónimo dijo...

Hola que tal buen relato, me gustaria que me ayudaras con fotos de ese entonces 1969, me refiero a liga..O si tienes recortes cosas asi.. soy el admin de www.laligadeportoviejo.com y estoy recolectando informacion de liga.. guidomendoza89q@hotmail.com

Anónimo dijo...

disculpa mi correo es guidomendoza89@hotmail.com

Saludos
Guido Mendoza