11.14.2008

Crónica de época.


Uno de los temas de La Fiesta del Libro, acaso EL tema, será la nueva crónica latinoamericana, el viaje de la ficción a la realidad. Sin duda, éste género está creciendo a paso agigantado y en él están algunas de las mejores plumas de la actualidad. Hemos empezado un poco tarde. Cuando Capote y Hemingway escribían en las revistas Life y The New Yorker la historia de sus días en la tierra, nosotros aún vivíamos en Macondo, o en un Buenos Aires donde los vampiros duermen en la estación del subte (de hecho, muchos de nosotros no vivíamos en ninguna parte). Y está bien, toda la onda boom y los años gloriosos del realismo mágico nos han hecho, en parte, lo que somos. Empezamos tarde pero mejor tarde que nunca. Revistas como Gatopardo, Etiqueta Negra y SoHo vienen formando cronistas desde hace algún tiempo y ya se ven los frutos, grandes escritores en busca de la verdad.

Tal vez yo sea la persona menos indicada para hablar de crónica. Lo he dicho muchas veces, me metí en esto por dinero, porque no quería hacer nada que no fuera escribir y necesitaba que alguien me pagara por hacerlo. Nunca pensé, ni de lejos, ni en broma, ser periodista. Según yo, los periodistas eran los que no podían escribir ficción. Pensaba en la ficción como verdad absoluta y en el periodismo como aburridas noticias. Estaba muy equivocado. Ahora que mis días de cronista necesitan un brake, miro hacia atrás usando el review mirror de mi disco duro y no tengo más que amor por la crónica. He viajado, he estado en lugares donde nunca hubiese imaginado estar (algunos en los que nadie, jamás, debería estar), he conocido gente que de otro modo no hubiese siquiera mirado, he visto laboratorios en Alemania y soldados de las FARC en Mataje, un pueblito esmeraldeño separado de Colombia por un río que se puede cruzar nadando. Gracias, totales.

Hace meses, en SoHo Ecuador, se publicó una crónica mía llamada “La gesta de los raidistas de Chone” Apareció editada, versión radio-friendly, digamos. Hoy la cuelgo acá con todas sus partes, writer’s cut, y con su título original. Me interesa porque es un tema que me gustaría discutir en la Fiesta del Libro: la crónica histórica. Todo lo narrado a continuación sucedió entre los días finales de 1939 y las primeras luces de 1940. Los personajes principales murieron hace años. Todo el material que pude obtener vino de hablar con sus hijos, con sus amigos, y de los libros que ellos dejaron para que no se olvidara su gran aventura. Es, entonces, una crónica de época.



Rompiendo la selva: la historia de los raidistas de Chone.

Por Juan Fernando Andrade

Raid (voz inglesa)

1) m. Expedición militar rápida de fuerzas de tierra, mar o aire, realizada para bombardear, para capturar prisioneros o material, etc.
2) Vuelo deportivo a gran distancia.
3) Rally.
4) Acción atrevida o espectacular.


Chone, 6 de diciembre de 1939, 14h00.

Parece que todo el pueblo estuviera aquí, en la Plaza Central, para despedirlos. La masa escandalosa rodea el Chevrolet descapotado modelo 1931, estacionado frente a las autoridades políticas del cantón. La banda de músicos, vestida como demanda la ocasión, sopla con sus vientos obras marciales. Se pide silencio a la concurrencia y el llamado líder de la juventud de Chone, Don Trajano Viteri Medranda, toma la palabra. “Vuestro arrojo y valentía, vuestra audacia y calor de genuinos choneros, os obliga a llegar a la meta o morir en la lucha; que el espíritu de Hernán Cortés os acompañe, y así no podréis regresar sin la victoria. Por Chone, por Manabí y por nuestro querido Ecuador, atrás ni un paso. Vuestra consigna, es avanzar, escalar las cumbres y triunfar. ¿Prometéis cumplir con esta consigna?” Se hace un silencio, sólo se escucha el galope de los agitados corazones. Los caballeros se llenan el pecho de aire y las damas, de los nervios, se llevan las manos a la boca y se paran en puntas de pie. “¡Sí!”, responden los raidistas en coro. La música vuelve, ya no son coplas militares sino canciones populares que la concurrencia no tarda en acompañar a viva voz. El auto arranca, tiene que ir despacio para no atropellar a nadie. La banda persigue los primeros pasos de la máquina hasta el caserío Santa Rita, al extremo norte. Los aventureros se despiden meciendo en el aire sus sombreros Montecristi, claramente marcados con letras rojas: RAID. Nadie va a decirlo, pero muchos lo están pensando: capaz y no vuelven, capaz y esta es la última vez que los vemos con vida. El jefe de la expedición es el único que se atreve a sugerir abiertamente la cercana posibilidad de un destino fatal, uno de nosotros, si los demás desapareciéramos, os contará que llegó. El temor general tiene sus raíces bien afianzadas. Ha llegado el invierno. Sólo Dios sabe si las tormentas que los aguardan ocultas en las nubes, siempre al acecho, no serán las mismas que los sepulten en la fiera selva que se han propuesto conquistar. Los viajeros, conscientes de la historia nacional que los precede, escogieron esta fecha para honrar dos memorables aniversarios: la fundación de la muy noble y muy leal ciudad de San Francisco de Quito, y la batalla naval de Jaramijó, donde bajo el mando del general Alfaro, los liberales combatieron a los conservadores por vez primera.

Los raidistas son cinco, como los dedos de la mano, rozan las tres décadas sobre la faz de la tierra y los unen, más que la odisea que están a punto de vivir, las bisagras imbatibles de la amistad.

Carlos Alberto Aray: Nacido en Medio Mundo, sitio contiguo a la ciudad de Chone. Dedicado a trabajar en una pequeña finca, propiedad de sus padres, donde se mueve entre frutales, cultivos de cacao y de café. Amigo de la guitarra, del canto, del billar y los versos. Conocido en la sociedad por su espíritu aventurero. Jefe y creador de la expedición.

Artemio Aray: Otrora arquero titular de la selección de fútbol de Chone. Ídolo de los aficionados, que acostumbraban sacarlo en hombros del estadio, por mantener invicta a su escuadra durante largas temporadas. Pasó varios años en el oriente ecuatoriano aprendiendo medicina natural. No falta quien lo tache de vulgar curandero y hasta lo acuse de practicar brujería. El hermano menor de Carlos Alberto es el médico a bordo.

Juan de Dios Zambrano:
Hombre de letras. Periodista y poeta. Prestigioso personaje de la bohemia chonera, capaz de de cautivar a cualquiera en conversaciones que se dilatan hasta el amanecer, donde se tocan los más variados tópicos de actualidad, ciencia y política. Será el encargado de llevar la bitácora de esta expedición.

Emilio Hidalgo: Calificado con unanimidad como el mejor violinista de Chone. Nadie sabe cómo aprendió a tocar tan dócil instrumento, mucho menos el artista. Su recio carácter es bien conocido entre sus amistades, que saben que el intérprete puede abandonar un salón si alguien en el público no es de su agrado. Maestro electricista de profesión.

Plutarco Moreira:
Chofer profesional, especialista en montar y desmontar motores de todo tipo. Su trabajo es distinguido en toda la provincia. Son muchas las personas que han sido socorridas por él en carreteras abandonadas y silvestres. Se dice que no hay nada que este barón de las máquinas no pueda arreglar con sus herramientas. Será el encargado del volante. Nuestro piloto.

La misión: demostrarle a quienes administran los poderes públicos de la república del Ecuador, que la carretera Chone – Santo Domingo – Quito, tramo considerado indomable por las vías del progreso, es una empresa posible. Hasta ahora, la única forma de llegar a la capital desde Chone, es viajar a Bahía de Caráquez, desde ahí tomar un barco de vapor que tarda días enteros en llegar a Guayaquil, y entonces subir al ferrocarril.




KM. 32

Pasados los sitios Ricaurte y El Limón, donde los raidistas son recibidos con palpitantes pañuelos blancos, banderas y gritos de aliento, cae el primer aguacero. Son las 18h00 y aunque Plutarco Moreria trata de seguir adelante, el carro se encharca y patina y se ven obligados a detenerse hasta que pase la tormenta. La noche cubre el horizonte en la selva manabita. Orientados por la escasa luz de las luciérnagas, buscan hojas de platanillo, bijao o camacho, y montan una suerte de techo bajo el cual, para combatir el frío, se apretujan los cinco. Quieren fumar, pero los cigarrillos están empapados. Despiertan con el canto de un gallo. Se alegran. No están solos. Avanzan siguiendo la voz del animal y llegan a una pequeña estancia en Chontillal, entre El Limón y Zapallo, propiedad de Don Tiburcio Barreto, donde se les ofrece un desayuno campesino, huevos, queso y verde asado, que devoran guardando los modales.

8 de diciembre.

La lluvia entorpece el camino, lleno de pequeñas lagunas negras que el carro tiene que rodear. Atrás quedó el sitio Zapallo, donde tuvieron que pasar la noche reparando una perforación en el radiador. Ahora tienen que llegar a la parroquia Flavio Alfaro. En una zona denominada Cuello, el carro se atasca en el monte y en el lodo. Cuatro de los raidistas tratan con todas sus fuerzas de empujar el auto, mientras el chofer acelera a más no poder. Inútil es el arrojo. Todo lo que consiguen es llenarse de sudor y fango. Deciden enviar a Juan de Dios por ayuda. El poeta regresa al cabo de pocos minutos, con las manos en alto. Un montubio, que lo ha tomado por cuatrero, le apunta con una escopeta. Los raidistas proceden a identificarse y el montubio, que responde al nombre de Moisés Pazmiño, les ofrece su ayuda. Lo intentan de nuevo y el carro vuelve a la superficie irregular de la montaña.

10 de diciembre.

Tras permanecer dos días en Flavio Alfaro, la última población propiamente dicha en el trayecto hacia Santo Domingo de los Colorados, planeando detalles del viaje, salen rumbo a Chila, pequeña comunidad anterior a El Rosado, la siguiente parada estratégica. Para aligerar la carga, envían a lomo de mula el equipaje y el combustible. Las bestias se adelantan al carro y se dirigen directamente a El Rosado. Por su parte, los raidistas recorren los 17 Km. que los separan de Chila en un lapso de ocho días. Aprovechan la luz del sol para avanzar lo más que pueden y, durante la noche, aseguran el carro amarrándolo a gruesos troncos y buscan posada en las casas de amables familias montubias. Contratan a los auxiliares Romualdo y Félix Zambrano, gente de campo que conoce bien la ley de la selva.

18 de diciembre.

Ya en Chila, Carlos Alberto envía a Juan de Dios de regreso a Chone, en busca de dinero para continuar la expedición. Mientras él y los dos auxiliares inspeccionan a pie la ruta a seguir, Plutarco, Emilio y Artemio matan las horas compartiendo con los campesinos del lugar. A su regreso, ya acabada la tarde, Carlos Alberto encuentra a sus amigos bien enrumbados, cantando, bailando y bebiendo. Se han instalado en una casa, cuyo dueño se vanagloria de ser el mejor bebedor de la región. Carlos Alberto se excusa de la juerga, y a manera de broma y ligera venganza, le dice al anfitrión que sus compañeros se han propuesto emborracharlo para luego burlarse de él públicamente. Mientras el jefe de la expedición y los auxiliares duermen a pierna suelta, el dueño de casa y los otros raidistas bajan las reservas de aguardiente sentados a una mesa. El dueño de casa tiene en una mano el vaso y en la otra su largo y afilado cuchillo, que no soltará hasta que los otros hayan caído desmayados por obra y gracia del licor.



24 de diciembre.

Celebran la Noche Buena en El Rosado, desplegado sobre las cabeceras del Río Grande-Quinindé, cercados por orgullosas palmeras, matas de cady, yucales y caña de azúcar. La casa es de don Pedro Vega, a quien apodan El campeón de la selva, por la ayuda prestada y por su conocimiento total del traicionero monte. Esta noche, se ponen los trajes de gala que pensaban reservar para la llegada a Quito, los mismos trajes que usaron el pasado mes de julio, cuando Chone celebró sus fiestas cívicas y ellos se pasaron la noche festejando en la Plaza Central, de donde salieron hace 19 días. La cena contiene gallina criolla y plátano verde en abundancia. Armados con guitarra y violín, los raidistas agradecen las atenciones con canciones montubias que sirven lo mismo para cantar que para armar el baile. En cierto momento de la velada, Carlos Alberto, Artemio, Emilio y Plutarco, cada uno en un rincón, reciben la visita del fantasma de navidades pasadas. Antes de dormir, Carlos Alberto escribirá en su diario: alguno de nuestros compañeros sintió el dulce amor de una inquietud juvenil, al recibir todo el fuego tropical de unos ojos maravillosos y embrujadores. Nunca sabremos a qué compañero se refiere, tal vez sea mejor así. La mañana del 25, sus nuevos amigos se reúnen para despedirlos. Todos menos don Pedro Vega. Los raidistas lamentan su ausencia, pero no tienen tiempo que perder. Pasarán años hasta que don Pedro Vega confiese que evitó la despedida del puro dolor, para no pensar en los que flotarían sin vida en las aguas del Quinindé.

26 de diciembre.

El opulento río Quinindé emerge de las cordilleras de la parroquia Eloy Alfaro, sus poderosos afluentes lo transforman, kilómetros mediante, en el río Esmeraldas. No les queda otra que navegarlo para llegar a El Piojo, río arriba. Atravesar las riberas tomaría demasiado tiempo y las orillas son demasiado estrechas para el carro. Usando palo de balsa y amarras de bejuco piquigua, empalman tres balsas, una para el carro, una para los víveres y el combustible, y una más para la tripulación. Con buen clima, el tramo fluvial El Rosado-El Piojo puede cubrirse en tres horas. Pero estamos en invierno y los raidistas pasan tres días de extremas dificultades. Avanzando cortas distancias en jornadas interminables. La lluvia no les perdona la insolencia y el caudal del río no hace otra cosa que aumentar. A veces tiritan de frío, empapados por la lluvia. A veces el calor los fríe. Tienen las ropas rasgadas, las ramas los han rasguñado a profundidad y Artemio ha tenido que curarlos ahí, sobre la marcha. No son pocas las gotas de sangre que han caído al agua.

29 de diciembre.

La corriente de El Piojo es más brava que la del Quinindé. Deciden desembarcar el carro y descansar. Plutarco y Emilio cruzan nadando el río, llevan una cuerda atada a la balsa. Carlos Alberto y los dos auxiliares, desde la balsa de la tripulación, aseguran también con cuerdas la dirección del carro flotante. Artemio va junto al vehículo, usando una rama gruesa como palanca, dirigiendo la maniobra. A mitad de camino, la rama de Artemio no resiste la presión de la corriente y se rompe. La balsa se escapa veloz con el carro encima. Los raidistas se tiran al agua para tratar de alcanzarla. Artemio sigue a bordo, junto al vehículo. El cauce se estrecha, aparecen árboles, se forma un túnel perverso. Los fierros de la máquina se enganchan en las ramas enemigas, la balsa da una vuelta de campana y Artemio se lanza al agua para que no lo atraviesen las garras de los árboles. El resto de raidistas se sumerge y pasa por debajo del túnel. Cuando vuelven a respirar, ven la balsa orillándose sobre el lado izquierdo, pero no ven el carro. Artemio nada tras ella, la alcanza, se sube y la amarra a un chíparo. Los otros llegan sin fuerzas, Artemio los ayuda a subir. Los raidistas se tienden sobre la balsa, mudos, ahogados, sin saber muy bien si se salvaron o no. El silencio se prolonga por varios minutos. Carlos Alberto es quien pregunta ¿El carro se perdió o está debajo? Esta noche, ellos duermen sobre la balsa y el carro debajo del agua, todavía junto a ellos, aferrado a los palos de balsa.

31 de diciembre.

Se adentran en la selva, montan un rústico campamento, casan dos guantas y se alimentan. Vuelven al río, a recuperar el auto. Emilio y Plutarco tienen que desarmar la máquina para secar los aparatos, limpiarlos, engrasarlos y volver a ensamblar el esqueleto mecánico. El trabajo es largo y agotador. 1940 los sorprende probando el motor del carro, que enciende a la primera. Abrazos.

3 de enero de 1940.


Se encuentran en las aguas de El Suma. Juan de Dios lleva días enteros buscándolos, preguntando por ellos, escuchando que nadie puede cruzar las aguas del Quinindé en invierno, menos en una balsa. Si no fue la corriente la que acabó con ellos, el Chicharo, un pez gigante, con dos hileras de puntiagudos dientes en la mandíbula inferior y otra en la superior, seguro los devoró sin piedad. Al verlos, Juan de Dios se lanza al agua y nada a su encuentro. La selva oye sus gritos de felicidad y los disparos al aire de una Smith & Wesson calibre 32. El próximo destino es el Sumita, donde Manabí y Pichincha se tocan. Todavía los espera Santo Domingo, allí habrán completado, creen ahora, el tramo más duro del raid.

Santo Domingo de los Colorados.

Entran al pueblo en medio de grandes celebraciones. Piensan que se trata de una fecha importante para los nativos, pero no, el agasajo es para los raidistas y para el primer automóvil que toca tierra de los Colorados. La noticia ha viajado más rápido que sus actores. En el centro de la plaza, la tricolor flamea en la cumbre de una caña guadua tan verde como se puede ser. Banderines y gallardetes engalanan los portales de las residencias. Jóvenes a caballo hacen la calle de honor. Uniformados deportistas desfilan junto al carro. Los raidistas se detienen en el medio de la plaza y reciben los saludos de las más distinguidas damas. Mientras tanto, en la tierra que los vio partir, se piensa que han muerto o que están escondidos en alguna parte, temerosos de volver y reconocer un fracaso miserable. Esa misma tarde, el telégrafo del cantón manabita empieza a recibir en clave morse, saludos y congratulaciones a las autoridades y a la ciudad de Chone, aplaudiendo el arribo victorioso de los raidistas a Santo Domingo. A las 20h00, la única casa con techo de zinc en el pueblo, conocida como La Casa de Teja, albergaba la fiesta. Carlos Alberto a la guitarra, encanta a una muchacha. Emilio le dice a la suya: una cosa es con guitarra y otra con violín. Plutarco ensaya un piropo propio de su oficio: la luz intensa de tus ojos, perfora el parabrisas de mi corazón. Artemio hace lo suyo: eres más fragante que una matita de hierbabuena. Por su parte, Juan de Dios, llegado el momento de hacer memoria, escribirá: nos apretamos más, de repente, en la semipenumbra, floreció el milagro de un beso, robado en la noche cálida y romántica. Al día siguiente recibirán la visita de la prensa quiteña. Antes de abandonar los dominios que tan bien los han recibido, escucharán una pregunta que los hará partirse de la risa. ¿Qué come el carro?



El río Buenasilla.

Despiertan en la hacienda Chiguilpe, propiedad del general Alberto Enríquez Gallo, presidente del Ecuador de 1937 a 1938, quien encandilado por la hazaña, ha decidido acompañarlos junto a sus hombres hasta el peligroso cruce del río Buenasilla. La colina que lleva a la orilla es prácticamente horizontal. Tienen que atar las cuatro esquinas del carro con cabos que a su vez pasan por motones para bajar el vehículo hasta el píe del río. Todo lo que he presenciado es magnífico, pero sigo intrigado, ¿cómo piensan pasar el río?, pregunta el general. El Buenasilla desfila potente entre dos paredes de roca viva, separadas por 7 metros de vacío. Allá, abajo, a 15 metros de donde estacionaron el carro, brama la corriente espumosa. Para qué darle vueltas al asunto, hay que hacer un puente. Con ayuda de los hombres traídos por el general, cortan cuatro troncos de unos 12 metros de longitud, y los tienden entre lado y lado. Levantándolo en peso, colocan el carro en los silvestres rieles. Cada llanta se acomoda entre dos troncos. Plutarco sube, enciende el motor y pregunta ¿Me voy? Carlos Alberto sabe que al dar la orden podría estar enviando a su compañero a una muerte segura, pero estando dónde están, ya no se pueden detener. ¡Largo!, grita el jefe de la expedición. El carro avanza lentamente, cualquier maniobra errante puede ser la última. Los raidistas aguardan sosteniendo la respiración. A la mitad del frágil puente, los troncos comienzan a doblarse, como una hamaca, dirá Carlos Alberto cuando se le pregunten. Un segundo más en esa posición y los troncos se rompen y hasta aquí llegó el famoso raid. Plutarco hunde el pie en el acelerador y sólo una vez que las llantas traseras han tocado tierra firme, cayendo de los troncos, se derrumba sobre el asiento del conductor y levanta los brazos para tocar el triunfo con las manos. Aun falta el paso por la orilla del Tocahi, que mide tres metros, donde levantarán con sus manos el lado derecho del carro y Plutarco conducirá lentamente sobre dos ruedas. Aun falta el paso por el delgado puente Lelia, que palpitará a cada centímetro que recorran las llantas. Pero los raidistas sienten que ya nada, ni nadie, puede detenerlos.

Quito, 28 de enero de 1940.

Lo primero que ven es un grupo de gente junto a un carro alegórico arreglado con flores de todos los colores. Es el comité de bienvenida, conformado en su mayoría por los miembros de la Asociación de Manabitas Residentes en Quito. Los abrazos vienen de todos los flancos. La alegría compartida es inmensa. El carro alegórico prologa la entrada a la parroquia urbana La Magdalena, donde cordones de policías tratan, inútilmente, de controlar a la multitud que se ha volcado a las calles para aclamarlos. ¡Viva Chone! ¡Viva Quito! ¡Viva el Ecuador! Avanzan por la calle Bahía hasta la Avenida 24 de Mayo. Contemplan el monumento a los Héroes Ignotos, sabiendo que no fueron pocos los momentos donde pensaron, presas del pánico, que también ellos serían titanes anónimos. Llegan al Estadium Municipal, donde sucede una mañana deportiva organizada en su honor. El partido de fútbol entre los equipos Gladiador y Gimnástico se interrumpe y el Chevrolet descapotable modelo 1931, el carro de la victoria, se estaciona en la mitad del campo de juego. La lluvia de flores cae desbordada sobre nuestros conquistadores. Más tarde irán al Palacio Municipal, donde en sesión solemne, recibirán de don Gustavo Mortensen sendas medallas de oro, que brillarán sobre sus embarradas y deshilachadas ropas kaki. En el acto de condecoración estarán figuras políticas, diplomáticas y sociales. Luego irán a un banquete en el hotel París, donde la colonia manabita los servirá hasta el cansancio. Los rotarios quiteños organizarán su propio homenaje en el salón Las Palmas del hotel Metropolitano. Mañana será un gran día, el presidente electo, Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, ofrecerá su apoyo incondicional al proyecto de carretera Chone - Santo Domingo – Quito. Y el encargado del poder, Dr. Andrés F. Córdova les dará audiencia en el Salón Amarrillo del palacio de Carondelet, para anunciarles que otorgará un millón doscientos mil sucres para el inicio de la obra. Los raidistas no saben lo felices que serán en las horas que los esperan. En su mente una imagen que los acompañará por el resto sus días: Chone.

11.11.2008

Los árboles de Zambra ( II )


Julio, el protagonista de Bonsái, en algún momento de la novela trabaja para un escritor que, justamente, está escribiendo un libro llamado Bonsái.

Digamos que esta es mi novela más personal. Es bien distinta de las anteriores. Te la resumo un poco: él se entera de que una polola de juventud ha muerto. Como todas las mañanas, enciende la radio y escucha que en obituario dicen el nombre de la mujer. Dos nombres y dos apellidos. Así empieza todo.
¿Todo qué?
Todo, absolutamente todo. Te llamo, entonces, tan pronto como tome una desición.
¿Y qué más pasa?
Nada, lo de siempre. Que todo se va a la mierda...


El protagonista de La vida privada de los árboles, segunda novela de Alejandro Zambra, no se llama Julio, pero casi, se llama Julián y está, justamente, siempre escribiendo y cortando y revisando y leyendo su novela, que se llama Bonsái. Esto me hace pensar que Zambra lo tiene todo fríamente calculado, que es un francotirador que no falla ni así su vida dependiera de un error, de un centímetro a la derecha, de una coma por aquí y un punto seguido por acá.



Todo pasa en una noche. Julián está cuidando a Daniela, la hija de su novia Verónica. Si estuvieran casados Daniela sería hasta en papeles la hijastra de Julián. Para conducirla al sueño, Julián le cuenta a Daniela La vida privada de los árboles, una serie de cuentos protagonizados por un álamo y un baobab. Verónica no está en la casa. Daniel no quiere pensar demasiado, pero lo hace, calcula todo tipo de escenarios y en muchos de ellos, obvio, Verónica no vuelve jamás y él se queda con Daniela y tienen que vérselas con una nueva vida así como les viene, de sopetón. Pasan las horas, las páginas, los recuerdos de Julián y los hologramas de un cada vez más posible futuro incierto. Y nada, Verónica no llega y mientras así sea, la novela continúa. Zambra lo sabe perfectamente.

Pero no es esta una noche normal, al menos no todavía. Aún no es completamente seguro de que haya un día siguiente, pues Verónica no ha regresado de su clase de dibujo. Cuando ella regrese la novela se acaba. Pero mientras no regrese el libro continúa. El libro sigue hasta que ella vuelva o hasta que Julián esté seguro de que ya no va a volver. Por lo pronto Verónica falta en la pieza azul, donde Julián distrae a la niña con una historia de la vida privada de los árboles.

Esta noche, cuando Daniela esté dormida, Julián entenderá que a veces nos dejan así, de un día para el otro, en cuestión de segundos. Un día estamos acompañados y pensamos que nada es tan malo porque, de cualquier manera, alguien está ahí para ayudar a soportar el peso. Pero nosotros somos, también, pesados, una carga de la que de pronto alguien ha estado pensando en librarse desde hace mucho.



Frase clave:

Salvarse de ésta sería, acaso, despertar. Pero no puede despertar: está despierto.

La vida privada de los árboles es apenas veinte páginas más larga que Bonsái, y en esas carillas se siente un crecimiento significativo, como si en cada nueva palabra Zambra hubiese pasado la vida entera.

11.07.2008

Los árboles de Zambra ( I ).


Volviendo al tema Fiesta del Libro Quito 08, tras el Obama fest, he regresado a Bonsái, la primera novela del chileno Alejandro Zambra (1975), otro de los invitados a esta celebración de las letras. Creo que con ésta van tres o cuatro veces que la leo de un tirón, en una sentada. No es para menos, el libro es corto, menos de cien páginas, y tiene buen ritmo, tiene pulso, está vivo, avanza sin problemas y sin cortes comerciales.

Impresiona desde los epígrafes.

Pasaban los años, y la única persona que no cambiaba era la joven de su libro. (Yasunari Kawabata)

El dolor se talla y se detalla. (Gonzalo Millán)

El primer párrafo de la novela es, también, impresionante.

Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura.

En efecto, lo que más hay en Bonsái es literatura. Es una novela para lectores que leen a escritores o para lectores que escriben y quieren o quisieron alguna vez ser escritores. De hecho, Julio y Emilia leen harto y empiezan su relación con una mentira, como casi todos los libros. Para ser exactos, las cosas suceden de la siguiente manera:

La primera mentira que Julio le dijo a Emilia fue que había leído a Marcel Proust. No solía mentir sobre sus lecturas, pero aquella segunda noche, cuando ambos sabían que comenzaban algo, y que ese algo, durara lo que durara, iba a ser importante, aquella noche Julio impostó la voz y fingió intimidad, y dijo que sí, que había leído a Proust, a los diecisiete años, un verano, en Quintero.

Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra. Yo también he mentido, he dicho que he leído cuando apenas conozco la leyenda, el mito. Lo he dicho para quedar bien y, como Julio, para que alguna chica piense que soy más inteligente de lo que soy o, por lo menos, menos tonto de lo que aparento. Me gusta éste género de nerds literarios y eróticos.

Devino entonces en una costumbre esto de leer en voz alta –en voz baja- cada noche, antes de follar. Leyeron El libro de Monelle, de Marcel Schwob, y El pabellón de oro, de Yukio Mishima, que les resultaron razonables fuentes de inspiración erótica.



Julio y Emilia leen a Perec, a Onetti, a Raymond Carver, así como poemas de Ted Hugues, de Tomas Tranströmer, de Armando Uribe, de Kurt Folch y la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Autores que seguro están en casa de Zambra, subrayados y ajados, o detrás de un cristal que dice: en caso de emergencia rompa el vidrio.



Las cosas entre Julio y Emilia empiezan a ir mal cuando, por ejemplo, les deja de gustar Macedonio Fernández. Este tipo de acontecimiento, de ruptura, son para un lector un regalo, una señal de compañía.

De todas las frases, hoy, me quedo con esta pregunta, que refleja el engranaje moral de esta novela.

¿Qué sentido tiene estar con alguien si no te cambia la vida?

11.05.2008

Aguante Obama


Nunca me ha gustado la política. Podría decir que la odio y que sospecho de todos los que se meten en ella, así tengan las mejores intenciones. Para mí, la política sigue siendo una cosa de grandes, de aburridos y corruptos adultos, una criatura amorfa que se disfraza para engañar. Me siento orgulloso de vivir, en la medida de lo posible, al margen de la política, orgulloso de que me importe poco, de no intervenir en las conversaciones que la invocan, soberano en la república independiente del Yo, en el fervor del centro anarquismo, como decía Borges. El poder corrompe, qué duda cabe. Pero hoy es un día especial. Cuando se trata de los Estados Unidos de Norteamérica, el mundo entero debería intervenir, el mundo entero debería votar, hacer oír su voz. Este es un asunto que nos incumbe a todos.



Desde hace unos minutos que la noticia es oficial: Barack Hussein Obama Jr. es el nuevo presidente en USA. Me siento contento, muy contento, tal vez no debería ser así pero así es, y me gusta este feeling. Es cierto que es fácil querer a Obama y que, estar de su lado, habla mejor de uno que de él. A mí me cae bien por las cosas más sencillas. Obama me cae bien porque es hijo de extranjeros en un país hecho por extranjeros, porque nació en Hawái (precisamente en Honolulu) y haber nacido frente al mar es un plus y cuenta bastante, porque es joven (modelo 1961) y al terminar su período tendrá todavía la vida por delante y verá crecer a sus hijas, porque cree en el Internet, porque apareció en The Daily Show con Jon Stewart y estuvo súper cool, porque si se deja crecer el pelo se le hace un afro, porque será el amanecer tras la larga y oscura y sangrienta y boba noche Bush, porque supo pelear como un caballero contra Hillary Clinton, porque Janeane Garofalo hizo campaña por él, porque dos de cada tres latinos lo apoyaron en las urnas, porque arrancó con todas las de perder y como en la mejor película americana, terminó ganando, como un Rocky Balboa que se defiende con palabras, porque maneja los medios como pocos y, claro, obvio, cómo no, me cae bien por ser negro y lanzarse a presidente de un país racista y represor. All the luck para Obama.



Mi padre, que pasa de los sesenta, está a mi lado, viendo extasiado la transmisión de CNN en inglés para cachar el discurso en idioma original. Mi viejo dice que esto parece ficción, un estreno de fin de semana, que nunca creyó vivir para ver a un negro asumiendo la presidencia de los Estados Unidos. Mi madre, medio dormida, le juega una broma y le dice que él no sólo es republicano sino que debió haber nacido en Texas. Nos reímos. En la tele también ríen, lloran, aplauden, gritan. Jóvenes, viejos, negros, blancos, rojos, azules, chinos, esta sí parece una fiesta de todos y para todos. Los comentaristas dicen que Obama es nuestro JFK. Esperando la salida de Obama, escuché el discurso de McCain y me gustó harto, casi me hizo sentir mal de conmoverme ante las palabras de un tipo que hizo campaña sucia. McCain (o sólo Cain, ¡ja!) perdió bien, con altura, sin resentimientos ni amenazas, porque sabe, espero, que en este momento lo que hay que hacer es poner el hombro. Obama abrió su discurso diciendo “¿Hay alguien a quien le queden dudas de que USA es un país en el que todo es posible?” Bien. Lo imposible fue posible, yes we can, ladies and gentleman. No soy, ni de lejos, de esos que odian a los gringos, jamás he pensado que ellos son ricos porque nosotros somos pobres ni mucho menos. Creo que existen el imperialismo y la injusticia, y que hay que combatirlas con uñas y dientes. Pero USA está, nos guste o no, en nuestro inconsciente colectivo. Por lo menos a mí me ha formado, me ha dado casi todo el cine que he visto, mucho de todo el rock que he escuchado y harto de la literatura que he leído. Hoy es un gran día, The Birth Of A Nation. Cheers to you, boys and girls.



10.30.2008

El loco afán de Lemebel.


Preparándome para la fiesta del libro, caigo en Loco Afán, libro de crónicas del chileno Pedro Lemebel, sin duda uno de los pesos pesados de este magno evento. Además de chileno, Lemebel es gay, travesti y de izquierda. Sólo por haber sido maricón y comunista, en la era de Pinochet, deberían darle un premio. Yo le daría otro por tener más de cincuenta y seguir usando taco aguja. Loco Afán es no ficción, pero tiene tan buenos acabados, que uno acaba pensando que lo leído es un cuento de hadas que viven de fiesta y mueren de sida en el centro de Santiago.

Lemebel le dedicó el libro a sus amigas, a quienes llama locas o niñas, todas desaparecidas en combate, arrastradas al otro mundo por el síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Podría decirse que estas crónicas son perfiles o, mejor, pequeñas biografías de seres que existen al margen, un margen total, fuera de la ley de Dios y del hombre, fuera de juego, casi en un universo paralelo. Y están escritas como si fueran chismes, cariñosos recuerdos de un peluquero intelectual.



Por ejemplo, acá el comienzo de La muerte de Madonna.

Fue la primera que se pegó el misterio en el barrio San Camilo. Por aquí, casi todas las travestis están infectadas, pero los clientes vienen igual, parece más les gusta, por eso tiran sin condón.

Ella sola se puso Madonna, antes tenía otro nombre. Pero cuando la vio por la tele se enamoró de la gringa, casi se volvió loca imitándola, copiando sus gestos, su risa, su forma de moverse. La Madonna tenía cara de mapuche, era de Temuco, por eso nosotros la molestábamos, le decíamos Madonna Peñi, Madonna Curilagüe, Madonna Pitrufquén. Pero ella no se enojaba, a lo mejor por eso se tiñó el pelo rubio, rubio, casi blanco. Pero ya el misterio le había debilitado las mechas. Con el agua oxigenada se le quemaron las raíces y el cepillo quedaba lleno de pelos. Se le caía a mechones...



Esto es de El beso a Joan Manuel (Tu boca me sabe a hierba)

... Cuando se ha guardado un beso de fuego para el trovador desde hace veinte años, y se tiene la oportunidad de estamparle la boca coliza en su boca que sabe a hierba. Su boca histórica que cantó por la revolución, por los obreros, los piratas y tanto mal amor perdido. Pero nunca nos dedicó ninguna estrofa, ningún estribillo, como si los maricones no existiéramos, nos exilió del universo poético de su canto. Como si ninguna loca hubiera nadado en el Mediterráneo de su corazón azul. Ninguna mereció levantar el vuelo, gorriona marica en su cielo pardo. Nunca supo entonces del pájaro Lorqui-ano de Federico, destripado por las púas del franquismo...

Aplausos, grande Lemebel, que tuvo algo así como un grupo terrorista cultural llamado Las Yeguas del Apocalipsis, preocupado de sabotear con su homosexualidad zurda actos oficiales de Pinochet. Ahora, Lemebel es famoso, publica en Anagrama, vende mucho y le hacen homenajes por todo el mundo. Bien. Bacán. Lemebel se lo merece. Tiene dinero pero su alma no está en venta.



Para cerrar, algo de Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

…Usted no sabe
Cómo cuesta el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda

…Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza.

10.27.2008

Lecturas seguidas de más lecturas.


Shakespeare wrote for money es como un greatest hits, una selección de las columnas que el gran-gran escritor británico Nick Hornby despachó para la revista literaria norteamericana Believer, desde agosto-06 hasta septiembre-08. La columna de Hornby se llama Stuff I’ve Been Reading (cosas que he estado leyendo) y va mucho más allá de los libros. Tiene que ver con sus viajes, sus amigos, sus experiencias con lectores, su vida como padre de familia y, por supuesto, los títulos que lo han emocionado últimamente.

Ayer pasaron una de mis películas favoritas en el cable: Ratatouille. La vi, francamente, con la intención de quedarme dormido en el proceso, pero no se pudo, volví a enganchar y me la mandé entera, hasta el final. El tercer acto de Ratatouille debería ser material de cátedra en las escuelas de cine de todo el mundo. Desde que las ratas se unen para ayudar al pequeño chef Remy, hasta que él y sus nuevos amigos montan su pequeño restaurante en París. En el medio de todo eso está el monólogo del crítico culinario Anton Ego (en la voz de Peter O’toole), absolutamente magistral. Ego ataca su oficio diciendo cosas como “los críticos arriesgamos muy poco y aun así disfrutamos de un inmenso poder... las críticas destructivas son divertidas al leer y divertidas al escribir” Y al final reconoce que la parte más importante de su oficio es defender y pelear por eso en lo que cree.


Esto es exactamente lo que hizo Nick Hornby en su columna de la Believer. Luchar por sus derechos y por los de sus lectores. No sé cuántos libros se publiquen en el mundo cada día, pero seguro son muchos y pensar que uno leerá todo o la mitad o un cuarto de lo que quiere leer, es mentira. Aún así, seguimos comprando libros. En mi casa están por todas partes, en la sala, en el cuarto, debajo de la cama, sobre la mesa del comedor, sobre la cama, apilados en alguna esquina. Los libros me acompañan y me gustan como objetos, se ven y se sienten y huelen bien. Además, cual junkie, el no tener un libro que quiero me produce ataques de ansiedad e insomnio. No los leo inmediatamente ni mucho menos, pero me siento tranquilo sabiendo que vivo en un hogar donde me esperan, por ejemplo, las Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx, y The Best of American Splendor, de Harvey Pekar.


Leer no es fácil. Toma tiempo y en este siglo el tiempo no solo vuela, se desvanece, se esfuma. Leer es un placer y conlleva esfuerzo. Soy más feliz leyendo que escribiendo, dijo Roberto Bolaño con la boca repleta de razón. Afortunadamente, hombres buenos como Nick Hornby hacen columnas-guías y nos ahorran algo de ese escurridizo tiempo. Un crítico de libros es al lector lo mismo que un médico de cabecera. Un tipo en el que se confía, una persona en la que se deposita no sólo dinero sino esperanza. Un crítico que te engaña, que te hace leer cosas sólo porque están de moda o porque fueron lo más vendido en las ferias de Guadalajara y Bogotá, es el enemigo, un ser ruin que no tiene perdón de Dios. El crítico debe ser tu amigo y yo a Hornby lo considero mi pana, mi bro. Me cae bien porque es intelectual mas no intelectualoide, porque está interesado en compartir y no en la pose del genio erudito, y porque se fija más en la cultura pop que en el renacimiento. Cuando escribe sobre lo que está leyendo, lo hace con alegría, tratando de comunicar porqué su vida es mejor tras haber leído Lush Life de Richard Price, o The Nashville Chronicles: The Making of Robert Altman’s Masterpiece de Jan Stuart. Nick Hornby lo logra, gana, hace lo mejor que puede hacer un crítico: darte ganas de dejar lo que sea que estés haciendo/leyendo y empezar ese libro del que acabas de conocer.


Cosas que he estado subrayando en las páginas de las cosas que Nick Hornby ha estado leyendo, y viendo.

How can you understand a novel if you don’t understand pain?

If we are going to judge things on their ability to power the great machines of the world, then we will have to agree that agree that music, charity, tolerance, and bacon-flavored potato chips, to name only four things that we prize here at the Believer, are worse than useless.

A good novel is one that sends you scurrying to the computer to look at pictures of prostitutes on the Internet. And as Michael Ondaatje’s Coming Through Slaughter is the only novel I have ever read that made me do this, I can confidently assert that Coming Through Slaughter is, ipso facto, the best novel I have ever read.

Anyway, hurrah for fiction! Down with facts! Facts are for the dull, and the straight, and the old! You’ll never find out anything about the world trough facts! I might, however, have a look at this Brian Clough
(1934-2004, famoso jugador y entrenador en Inglaterra) biography I’ve just been sent. Football doesn’t count, does it?

Yes, it’s the job of artists to force us to stare at the horror until we’re on the verge of passing out. But it’s also the job of artists to offer warmth and hope and maybe even an escape from lives that can occasionally seem unendurably drab.

Refiriéndose a USA e Inglaterra.

…if our two countries were full of fat readers, rather than millions of Victoria Beckhams, then we would all be better off.


It's the best film about an artist I'vre ever seen: it's meltingly beautiful and it has taken the trouble to engage its subject with love, care, and intelligence. What more do you want? Even if you hate every decision that Haynes has made, you can enjoy it as the best feature-length pop video ever made. Who wouldn't want to wacht Heath Ledger and Charlotte Gainsbourg making love while "I Want You" plays on the soundtrack?

I can telll you little about The Simpsoms Movie because -and I'm not big enough to resist naming names- Mila Douglas, five-year-old best friend of my middle son, was scared of it, and as her parents weren't with her, it was me that had to keep taking her out into the foyer, where she made a miraculous and immediate recovery every time. Scared! Of the Simpsons! I will cheerfully admit that I have failed as a father in pretty much every way bar one: my boys have been trained ruthlessly to wacth whatever I make them wacht. They won't flinch for a second, no matter who is being disemboweled on the screen in front of them. Mila (who is, perhaps not coincidentally, a girl) has, by contrast, clearly been "well brought up," by parents who "care", and who probably "think" about what is "age-appropiate." Yeah, well. What good did that to her on an afternoon excrusion with the Hornby family? From what I saw, the movie was as good as, but not better than, three average Simpsons episodes boled togheter-an average Simpsons episode being, of course, smarter than an average Flaubert novel. It could well be, though, that I was sitting in the foyer listening to Mila Douglas's views on birthday-party fashion etiquette during the best jokes.